Hay momentos en los que, por miedo a perder a alguien importante, estamos dispuestos a ceder más de lo que deberíamos. Callamos lo que sentimos, minimizamos nuestras necesidades o priorizamos lo que el otro quiere, esperando que eso garantice su permanencia. Y aunque en apariencia esto parece una forma de cuidar el vínculo, muchas veces significa dejar de cuidarnos a nosotros mismos.
Es válido reconocer que detrás de estas conductas hay un deseo profundo de pertenencia, de conexión, de no ser rechazados. No está mal querer sostener una relación. Lo que comienza a doler es cuando creemos que nuestro valor como persona depende únicamente de lo que podemos hacer por el otro, y no de lo que somos en esencia.
Cuando empezamos a vincular el cariño o la aceptación con nuestra capacidad de adaptarnos, de resolver, de complacer, nos colocamos en una posición donde el afecto se vuelve condicionado. “Me quieren si cedo.” “Me aceptan si no incomodo.” “Me eligen si me acomodo a lo que necesitan.” Y lo cierto es que, al hacerlo, no evitamos el conflicto: evitamos nuestra verdad.
Con el tiempo, esta forma de relación nos pasa factura. Nos desconectamos de lo que sentimos, nos volvemos invisibles para nosotros mismos, y muchas veces nos encontramos agotados, insatisfechos o resentidos sin saber exactamente por qué. Porque en el intento de no perder al otro, muchas veces nos hemos ido perdiendo a nosotros.
Evitar la confrontación no debería implicar silenciar lo que necesitamos. Expresar nuestro punto de vista no tiene por qué traducirse en una pelea. Tener una diferencia no significa estar en guerra. La confrontación no es sinónimo de agresión. Es posible marcar un límite sin herir. Es posible decir lo que sentimos sin atacar. Eso es comunicación asertiva: decir mi verdad sin invalidar la del otro, sostenerme sin destruir, ponerme al centro sin excluir a nadie.
Y si al hacer esto alguien se aleja, no es porque hayas fallado tú. Es porque quizás esa relación solo era posible si tú no te mostrabas completo. Y eso no es vínculo: es exigencia disfrazada de amor.
Tu valor no se mide por cuánto cedes, sino por cuánto te respetas al estar con alguien. Porque amar también es aprender a no desaparecer en el intento de que alguien se quede.

Add a Comment